En México existe una enorme diversidad de maíces criollos. Esa diversidad no puede explicarse solamente por los cambios que pudieron ocurrir en el ambiente donde se siembran.
El maíz no cambió solo. Lo que lo transformó fue la relación que las personas han construido con él a lo largo de todos estos años.
Generaciones de familias agricultoras han aprendido sobre sus suelos, sus plantas aliadas, los vientos, el sol, la sequedad y la humedad de cada paisaje. Han observado qué responde mejor, qué conviene conservar, qué semilla vale la pena guardar para volver a sembrarla. Esas decisiones, repetidas durante miles de ciclos, han transformado al maíz tanto como el maíz ha transformado la vida de quienes lo siembran. Lo que encontramos hoy en una mazorca, en una parcela, en una cuenca, no es solo el resultado del clima: también guarda decisiones y mucho aprendizaje.
En México, cerca de cinco millones de familias productoras siembran hoy maíz criollo, que sostiene buena parte de la dieta del país. La forma de sembrarlo cambia de una región a otra: la herramienta que se usa, el suelo y la manera en que se relaciona con otras plantas.
En Oaxaca, SICOBI acompaña a comunidades de la Sierra Sur y la Costa desde hace más de veinte años, buena parte del trabajo ha consistido en labranza mínima, cubrir el suelo, dejar la materia orgánica. Es una técnica de siembra que se usa en buena parte del sureste del país: un palo con el que se abre un pequeño hoyo en la tierra, sin arar, para no perder la humedad ni el suelo.
El metepantle de Tlaxcala, con hileras maguey, la milpa se siembra combinando maíz, frijol y calabaza en distintas partes del país, incluida la Península de Yucatán. Cada una es una respuesta construida, ajustada durante generaciones a lo que ese suelo, ese clima y esa pendiente permiten.
Esa historia hoy la construimos todas y todos.
Está en nuestras manos tomar decisiones que favorezcan la permanencia de los sistemas agroalimentarios.
Es un conocimiento que necesita seguir vivo. Cada ciclo productivo pone a prueba esa capacidad de resistir, de observar, de aprender: de adaptarse. Así ha llegado hasta hoy, y así seguirá llegando a quienes vengan después.
No basta con guardar la semilla. También deben existir las condiciones para hacerlo.
No basta con guardar la semilla para sembrarlas nuevamente. También deben existir las condiciones para hacerlo: suelo, agua, redes de organizaciones, redes familiares, productoras, productores y juventudes que encuentren en el campo una posibilidad real.
La ruralidad es fundamental para el sistema agroalimentario del país. Ahí las familias deciden qué semillas guardar, qué variedades de maíz sembrar juntas en la misma milpa, cómo aprovechar el frijol, la calabaza y las demás plantas que la acompañan. Esas mismas decisiones cuidan el suelo, sostienen la diversidad del maíz y mantienen vivo un paisaje que también beneficia a quienes no siembran.
Ese conocimiento se hereda entre familias, pueblos y comunidades a lo largo de su historia, y con él se hereda también el maíz mismo: uno que se conoce, se entiende, se prepara de muchas formas, que está en lo que se come y en lo que se celebra.
Permanecer en el campo plantea retos importantes. Cambian las lluvias, las altas temperaturas, se mantienen por períodos prolongados y alteran la disponibilidad de agua. Cambian también las economías familiares y las aspiraciones de las nuevas generaciones.
Es un trabajo que lleva generaciones, y necesita condiciones que ninguna familia puede crear sola. Lo que sí puede hacer una familia, es compartir lo que aprende y decidir junto con su comunidad qué hacer con su territorio.
Quizá por eso la propia historia del maíz nos permita entender ese proceso de otra manera: reconocer lo que hemos aprendido, observar de nuevo, seleccionar, probar, compartir. Conservar lo que funciona y transformar lo que sea necesario.
Eso ha ocurrido con el maíz durante generaciones. El reto de hoy es que existan condiciones (no solo voluntad de las familias), que se reduzcan las presiones sobre el campo, y que eso permita que el conocimiento del maíz siga pasando hacia las siguientes generaciones.
Adaptarnos para permanecer.
29 de septiembre · Día Nacional del Maíz